“Que el cine sea ordenado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas, y sirva eficazmente para la extensión del Reino de Cristo sobre la Tierra”.

S. S. Pío XII

jueves, 14 de mayo de 2009

ENSAYO - EL CINE COMO ALIMENTO


Con su siempre encendido y esclarecedor sentido común, Chesterton se había dado cuenta que “lo mismo que un espejo mural hará que una habitación parezca dos habitaciones, la mente del hombre es, desde el principio, una mente doble, una cosa reflejada y que vive en dos mundos a la vez. El hombre de las cavernas que no estaba contento con que los renos fueran reales hizo algo que ningún animal había hecho hasta entonces o que, al parecer, haría después”1. Tal vez aquel hombre de las cavernas quería apropiarse de los renos en lo íntimo de un saber que le estaba vedado, y tal despliegue mural le indicaba una belleza que completaba al reno y lo hacía del todo suyo, acercándose más al Creador sin dejar de ser criatura. Pero lo cierto es que el hombre que hoy penetra en la oscuridad de un cine es aquel que en su caverna, con su mente doble, desea salirse por el momento de este mundo que lo acosa y lo abruma, magia que le es proporcionada mediante un hechizo que el propio Chesterton advirtió. De ahí su manifestación contra el puro carácter distractivo o de diversión de las películas (diversión por contrario a re-creación).
Ciertamente, Chesterton había hablado en el mismo ensayo que nos ocupa de que la literatura “es una rara especie de ficción que se eleva hasta alcanzar cierto tipo de belleza objetiva y de verdad”. Belleza y verdad que eran y son una rara avis en el cine pero que, a la vez, y se cae de maduro en la admisión, la literatura cedió al cine y éste, tras alcanzar la cumbre vertiginosamente, dilapidó y arrojó al abismo tan preciada herencia. Tal continuidad se ha perdido para siempre, pero, sin la actualidad cronológica en el obrar, podemos aspirar a la siempre actual lección de los clásicos que perduran para nosotros y en la medida en que nosotros completamos su vida en las nuestras.
Esa doblez en nosotros que mencionara G. K. denota empeñosamente nuestra necesidad de comprender, porque la caída trajo la ignorancia, y aquel saber que buscamos engañosamente debe fundarse en primer lugar en saber lo que somos nosotros. Allí es donde aparece, en continuidad servicial con la Sabiduría de la verdad revelada que nos ilumina y exhorta, el arte, auxiliar amable y esquivo a la vez, que ha de reconducirnos a considerar esa otra vida verdadera si nosotros lo deseamos, pero sin escapar a aquella condición del conocer en relación a, para saber entonces negarse a sí mismo, en clara y amorosa afirmación del Creador. Pero también comprendía con asombro Chesterton que las cosas son algo más de lo que vemos, hay poesía que late en ellas cuando la mirada nueva del artista nos las descubre. El cine tiene a veces estos hallazgos felices, cuando convoca lo simbólico en su hacer.
Otro maestro inglés, Shakespeare, en memorable parlamento de su Hamlet, nos confirmaba diciendo: “...porque todo lo exagerado se aparta del objeto del arte escénico, cuyo fin, así en los comienzos como ahora, fue y es tenderle, valga la frase, un espejo a la naturaleza, mostrarle a la virtud sus propias facciones, al vicio su verdadera imagen y a cada época y generación su forma y su impronta”2. Este carácter siempre actual de Shakespeare (que hacemos extensivo a las grandes obras del cine) “procede –como bien dice A. Battistessa-de la pintura veraz del mudable y tornadizo corazón humano, mudable y tornadizo en sus formas de exteriorizarse, no en sus impulsiones profundas: dolor y alegría, anhelo y desesperanza, ambición y ánimo generoso, amor y odio, fe.”3
La impronta de esta época espantosa es la velocidad y el vértigo (de allí la genial asociación de Hitchcock entre el vértigo y la caída en su obra maestra “Vértigo”). Esto que vio Chesterton como un error en literatura –por caso, sus comentarios sobre la lectura de Stevenson-, debía ser, por supuesto, el pecado original del cine, la marca cainita del mismo. Porque el cine son imágenes en movimiento, y el suyo es un tiempo impuesto al público, quien ha de seguirlo inexorablemente sin poder controlarlo ni detenerse, como en un sueño. Interesante es esta cita: “La belleza de una película(...) está en que tiene una determinada velocidad fija. El modo como uno la ve está mecánicamente condicionado, quiero decir, tomen un cuadro: pueden darle meramente una ojeada o fijar la vista en el ángulo superior izquierdo durante media hora. Lo mismo ocurre con un libro. El autor no puede evitar que uno lo lea superficialmente, o desde el último capítulo hacia atrás. Uno elige la forma de acercarse. Pero cuando se va al cine es diferente. Hay que mirarlo como el director quiere que se mire. Él desarrolla sus partes, una tras otra, y le concede a uno cierto número de segundos o minutos para aceptar cada una. Si pierden ustedes algo, él no lo repetirá ni se detendrá para explicarlo. No puede. Ha empezado algo y debe llevarlo hasta el fin...Saben ustedes, una película es realmente como una especie de máquina infernal”4 Sin embargo, ese poder detenerse o demorarse en la “lectura” de las imágenes y sonidos que nos brinda el cine se da a posteriori, es un trabajo que el cine le propone al espectador de otra manera, a saber: la emoción primera que provoca convoca nuevamente a ser “vivida” o “re-vivida” en la propia mente –como sucede con todo lo bello o agradable que impresiona la imaginación que capta un orden en lo dado-. Luego, los elementos que guardamos nos empiezan a hablar de una deliberada construcción, de una casualidad que no es tal, de unas relaciones y emociones que enriquecen nuestras reflexiones y las convocan a encadenarse. Elementos como las simetrías o repeticiones, los fuera de campo, la resolución de los conflictos y la historia, el punto de vista, todos aquellos elementos que empiezan a revelarse lentamente en nuestro pensamiento, como una fotografía se revela lentamente ante la mirada escrutadora y sorprendida de quien revela estando solo y rodeado de la oscuridad, así las pequeñas luces de una obra iluminan nuestro entendimiento mucho después de haber contemplado por vez primera el hecho artístico. La puesta en escena redime al cine de ser sólo imágenes en movimiento, “fotografías de gente que habla” o una “máquina infernal” que quiere manipular nuestra imaginación y con ella misma nuestra forma de pensar y de vivir, como observamos hoy en la casi totalidad del cine, la televisión y la publicidad. Pero, sostenemos, esa redención del cine se ha dado en tanto que cristiano o ya heredero de una forma de ver las cosas que ha sido culturalmente cristiano, ya que la puesta en escena requiere a priori una puesta en escena respecto del mundo y de uno mismo en él, y un fuera de campo permanente: Dios, sin el cual todo acercamiento al hombre será incompleto.
Sin embargo, a pesar de lo antedicho, y de obras clásicas que han provocado nuestra admiración, el cine, contemplado en su conjunto y en este tiempo que nos toca vivir, no cumple ya ni remotamente con aquello que el Papa Pío XII le pedía, al afirmar que “el film (...) no es una simple mercancía, sino un alimento espiritual y una escuela de formación espiritual y moral de las masas” (Miranda Prorsus). Por el contrario, no deja de ser un alimento chirle, un aquietante del alma que mira de continuo hacia abajo, una especie de “fast-food” que se presenta como tal, cuando no un elaborado menú que atosiga nuestros sentidos para detenernos en esa misma vianda. Las grandes excepciones encomendadas secretamente a nuestra individualidad son aquellas que nos hacen establecer un lazo con las realidades espirituales que trascienden a la obra en sí, sugiriéndonos que hay algo por sobre nosotros mismos y no precisamente la fatalidad. Como decía el Padre Castellani:”Pero el arte no puede hacer más que señalar, indicar, o dar la sed o la nostalgia de las realidades espirituales, que son nuestro último fin”. Cuando el cine no cumple este cometido –si es que quiere ser llamado arte-, inexorablemente (aún bellamente) nos arrastra hacia la desesperación, porque en el final de la obra se juega entero todo el desarrollo, y no tener claro este último fin es tomar el medio como fin en sí mismo, como un juego que no obtiene por resultado sino la triste muerte. “El arte debe servir al destino verdadero del hombre y el artista no puede ser irresponsable por ello.”5 En palabras del P. Fr. Guillermo Butler, O. P.: “El arte no es una simple distracción o una manera agradable de emplear el tiempo, como algunos parece que creen, sino una necesidad imperiosa de nuestro espíritu, un alimento necesario a la parte más noble y más grande de nuestro ser, algo que viene a aliviar la dura y pesada carga de las necesidades de la vida material: para abrir nuestros ojos a un mundo sólo sensible al espíritu; para mitigar el dolor cruel que en todas partes nos rodea y persigue, y sustraernos, un instante siquiera, a tantas tristezas y egoísmos, dándonos un presentimiento de nuestro noble y grande fin.”6
De allí nuestra mirada sobre el cine en base a estos no frecuentados lineamientos, por momentos polémica mirada sobre artistas de talento de cuyo barco nos hemos bajado a tiempo, en tanto sus obras no nos reditúen “como alimento diario de la mente, aun en las horas de distracción y de descanso”.7

1 La ficción como alimento, “Ensayos”, Ed. Porrúa, 1985.
2 Cit. En “Shakespeare en sus textos. “Oir con los ojos”, Ángel J. Battistessa, Corregidor, 1979)
3 Ibidem.
4 Christopher Isherwood, “La violeta del práter”, cit. por A. Faretta, La cosa en cine, “Espíritu de simetría”, Ed. Djaen, 2008.
5 Carlos Pérez Agüero, “El icono y el espejo”, Conferencia, en http://www.statveritas.com.ar/
6 Arte cristiano, Ensayos y rumbos, N. XXII, noviembre 11 de 1923. Otra posibilidad del cine: “El cine nos ayuda a comprender a nuestro prójimo. Hace unos años, después de la proyección de “Guardias y ladrones”, el compañero de butaca, sin intentar justificar el robo, me decía sinceramente convencido:”En adelante juzgaré con un poco más de benignidad a los ladrones”. Cine social podríamos definirlo al cine que nos ayuda a descubrir al hermano, el cine que nos ayuda a comprender a nuestro prójimo. Yo no puedo detestar de una película neorrealista porque me presente a Cristo sufriendo y humillado en los sufrimientos y humillaciones de nuestros hermanos. No les exijamos siempre soluciones. Quizá hagan bastante con plantearnos el problema. Quizá no puedan darlas. ¿Es que no es suficiente para mover a obrar a un hombre de buena voluntad, el hacernos presente, por unos momentos, la Pasión de Cristo?”. Fernando Andrés Calvo, Literatura y cine social, revista Yunque, julio-agosto 1957, Cit. En “El cine, criatura de Dios”, Carlos González Salas, Pbro. Universitas Gregoriana, 1958.
7 S.S. Pío XII, Encíclica Miranda Prorsus, Introducción.